El acompañamiento a distancia, ¿es posible?

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Estar “conectados” se volvió un modo de SER. Desconectarse, algunas veces, se siente como una especie de desaparición de la realidad. Dejamos de SER. Sentimos que esos otros están ahí, en algún lugar, en algún espacio, en algún planeta, en la medida que podamos accesarlos. No recibir de ellos respuesta nos lanza a un vacío existencial. Están los otros ahí? Les importo? Me siguen? Se alegran con mis alegrías? Quizás aquel que dijo que hoy tenemos mucha tecnología y también mucha soledad no exageraba. Es que el ser humano, sólo, no funciona igual. Es una cuestión de diseño, de biología, de evolución. Somos en la medida que somos -discúlpenme la reiteración- entre otros.

Ahora, continuar luchando con esta refinación de la tecnología se siente como una batalla perdida. No parece que haya forma de pensar el hoy sin todos los aparatos que nos acompañan a diario, sea en nuestra mano o en nuestro maletín o bolso. Algunos aseguran que son herramientas. Otros, mucho más maliciosos piensan que son métodos de control no impuestos. Esa discusión tendrá que esperar. Hoy deseo hablar sobre otro elemento, potencialmente benéfico de la tecnología con la que hoy contamos.

Sea por efecto de la tecnología, como un correlato de ella o como un fenómeno que en nada se emparenta con nuestra dimensión de usuarios, no podemos evitar observar que la salud mental de las personas en la actualidad no es la más idónea. Esas nuevas presentaciones del malestar propio de ser seres insertos en una sociedad no parecen desaparecer. La depresión, la ansiedad, los miedos (los reales y los infundados), el insomnio, las conductas autodestructivas -como el consumo de drogas, legales e ilegales-, están hoy presentes… demasiado presentes. Buscar ayuda profesional es uno -no el único- de los modos de intentar no sucumbir a dicho embate.

La psicoterapia, tal como la conocemos hoy en día, nació como una reacción. Según mi opinión (no pido que sea aceptada), fue gracias a Freud que contamos con métodos de acompañamiento “alternativos” respecto a lo que la medicina -en general- y la psiquiatría -en específico- suelen ofrecer. Darle un lugar a la palabra bien podría ser considerado un acto de irreverencia médica. Hablar de aquello que no nos permite sentirnos bien ha mostrado generar beneficios (no en toda ocasión, sobra aclararlo). “Talking cure“, como le señaló una paciente al mismo Freud. Convertir el dolor en texto y este en posibilidades de equilibrio -parcial-. Un poco más de un siglo desde ese momento histórico ha transcurrido. El universo de las psicoterapias (hay muchos tipos) continúa expandiéndose. El trabajo no se ha logrado. Aún hay muchas personas por ahí sintiéndose muy mal (y haciendo sentir muy mal a los que les rodean).

Pero “no solo de hablar se cura el hombre“, si me permiten parafrasear el fragmento bíblico (Mateo 4:4). Si la enunciación de aquello que nos impide sentirnos mejor no nos abalanza hacia alguna decisión, alguna acción, nos quedaremos en el -muy básico- nivel de la catarsis, del desahogo. Estaremos creando un círculo en el que, en algún momento, ni siquiera la palabra nos aportará consuelo. La palabra también se agota…

En términos macro, me parece que los profesionales en salud mental no hemos hecho el esfuerzo necesario por llegar a más personas deseosas de recibir algún tipo de respuestas a sus preguntas. Quizás por mi formación en acompañamiento terapéutico (figura prominente en ciertos países avanzados en salud mental, allá por los noventas), nunca he dudado que el consultorio no es suficiente. Siempre se podría hacer más en términos clínicos.

Pues bien, y si volcamos nuestra atención al poder de conexión de la tecnología? En realidad, desde hace más o menos tres décadas (en el marco de la movilización militar conocida como “Desert Storm”, en la cual el gobierno de los Estados Unidos inició un programa de atención a través de video-llamada a sus soldados apostados en Oriente Medio), se viene promoviendo el uso de canales de comunicación a distancia para accesar a personas que no cuentan con la posibilidad de trasladarse a sitios donde se brinde atención psicológica (recientemente el gobierno mexicano, en conjunto con una de sus principales universidades. puso en marcha un programa muy exitoso de atención a distancia). Mucho se discute si podemos llamarle “terapia” a eso que termina sucediendo. Encontraremos proponentes y adversarios. Particularmente no deseo internarme en esa discusión semántica/metodológica, la cual encuentro interesante, pero quizás no necesaria, al menos para los alcances de esta publicación.

Recuerdo un estudio que me hizo interesarme en el acompañamiento a distancia. En él, se lograba observar cómo los alcances de atención psicológica en personas diagnosticadas con depresión, no difería entre los que fueron atendidos presencialmente y los que recibieron la atención a través de un sistema computarizado. Si desean leerlo, pueden acceder a este enlace. Les comparto además una nota periodística muy interesante y seria -por las bases de información accesadas- a este respecto.

Romanticismos aparte, cada día las posibilidades de trasladarse serán más reducidas. Es quizás aquí donde el acompañamiento y/o asesoría a distancia cobra su valor y relevancia. Pero no solo lo pienso en términos de comodidad. Les propongo este escenario: una persona inhabilitada temporalmente por sus constantes -e imprevistos- ataques de pánico y crisis de ansiedad. Yo mismo he recibido personas en consulta que prácticamente mueren emocionalmente en la sala de espera, contrariados por el encuentro que estamos a punto de sostener. Esas personas, lo digo con el mayor de los respetos, están sufriendo innecesariamente. ¿Por qué aseguro esto? Es una cuestión de sentido común, me parece a mí. Si esas personas pudieran ser acompañadas -a distancia- en su habitación o en algún espacio físico que consideren seguro o calmante (en compañía, por ejemplo, de su mascota), no tendrían que enfrentarse al pesado ejercicio de desplazarse, sea gracias a su vehículo personal (o peor aún, teniendo que internarse en el barullo generado los espacios públicos) y luego sostener una reunión con alguien que, más allá de su deseo honesto de ayudar, podría fomentar, al menos temporalmente, una sensación de estrés contraproducente.

El beneficio más inmediato del acompañamiento a distancia es justo ese. Bien conducido, establecidos claramente sus objetivos terapéuticos, le permitirá a esa persona sufriente mantenerse en un espacio que le brinde seguridad, lo cual sin duda redundará en un potenciador de bienestar, no solo para el proceso de acompañamiento mismo, sino para la persona que solicita la intervención del profesional en salud mental.

Puedo asegurar que mi experiencia como practicante de terapia virtual ha sido más que satisfactoria. Continúa presente en mi fuero interno aquello que prometí perseguir al recibirme de la facultad: llevar consuelo y ayuda a todo aquel que lo requiera. Pues bien, en pleno siglo XXI contamos con la oportunidad de llegar a más personas deseosas de superar sus malestares y parálisis emocionales. La tecnología, como todo lo que existe, está basado en una polaridad: cuenta con un aspecto oscuro y con uno benéfico. Dependerá de nosotros qué lado promover.

Sirva esto como una incitación a toda aquella persona deseosa de ser acompañada y que no ha encontrado cómo lograr dicho servicio, sea por cuestiones geográficas, sea por la precariedad de su estado emocional actual.

Allan Fernández, Psicoterapeuta y Máster en Psicoanálisis / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram y/o visitar mi blog “No Soy Motivador”.

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