El trabajo como problema mental: Burnout

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Domingo, 6:49pm. Miles de personas han observado que su estado emocional decae a esta altura de la semana. Aún y cuando no sea considerada una patología mental, algunos suelen llamarle a este malestar “síndrome del domingo”. Se presenta en las personas que no sienten mayor ilusión por retomar su jornada laboral al siguiente día. El lunes se presenta como un día tan poco atractivo que hasta alcanza afectar el estado emocional del día anterior. Tomar el domingo para empezar a sufrir por el lunes. Y no, no es consciente, claro está. Pero sucede, con muchísima frecuencia.

Debo confesar que no soy un especial admirador del “trabajo duro” (“hard work”). Esa categoría, posiblemente transmitida por la generación de los “Baby boomers” (aquellos nacidos entre los años 40s y 60s del siglo pasado), no me resulta particularmente admirable. Y es que encuentro un riesgo potencialmente devastador en el que toma dicho camino como proyecto de vida, a saber: se corre el riesgo de descuidar otras áreas, debido a esa sobreestimación del trabajo (a los que no tengan claro qué se entiende por salud integral, los invito a leer mi publicación titulada “Integrar, transformar, sanar“).

Se supondría que aquello que elegimos como profesión u oficio (si es que realmente lo elegimos y no corrimos con la mala suerte de formarnos en algo que ni siquiera nos interesa demasiado) tendría que permitirnos, de algún modo, alcanzar algún grado de realización. Siendo que a lo laboral le vamos a dedicar décadas (varias, ¿muchas? ¿demasiadas?) de nuestra vida, resultaría altamente siniestro que todos esos años no fueran más que una transacción mercantil, en la que yo entregué mi energía vital a cambio de un par de cheques mensuales, un número exagerado de capacitaciones dudosamente útiles y no más de dos o tres fiestas de fin de año relativamente memorables. No. La vida no puede ser eso. No debería ser eso.

No es la primera vez que intento alertar sobre los peligros del desbalance, aún y cuando dicho esfuerzo resulte socialmente encomiable. El sistema, al querer hacernos producir a toda costa, poco se interesa en el precio que terminaremos pagando (mi publicación “Producir y producir… malestares” intenta reparar a este respecto). Y, hablando de sistemas, les pido que imaginen cualquier aparato. Sin importar cuál imaginaron, notarán que dicho objeto requiere energía, mantenimiento y descanso para su correcto funcionamiento y, gracias a esto, si su uso no es el indicado, este verá reducida su duración (su caducidad).

Pues bien, aún y cuando la imagen que estoy a punto de proponer es quizás demasiado pre-moderna (dícese de la época conocida como “Revolución Industrial”), no me parece exagerado afirmar que, hoy en día, la gente es vista por muchas organizaciones como una simple pieza, la cual, una vez superado su periodo de productividad (“VIDA” útil), será reemplazada por otra, quizás no de tan buena calidad, pero mucho más baja en términos de costos (pueden preguntarle a personas en sus cincuentas desempleadas si estoy siendo demasiado dramático). Un piñón, un engranaje, una arandela quizás…

El genio immortal Charlie Chaplin, en su magnífica “Tiempos Modernos” (1936) ya nos alertaba sobre esta mecanización del empeño laboral humano.

Trabajar para vivir… no al revés. Así debería ser. Un medio, recuérdenlo. No más que eso. El ser humano debe trabajar, descansar, aprender, crear redes de apoyo, cuidar su salud, atender sus responsabilidades sociales, amar, asegurarse un futuro conveniente. Desafortunadamente, algo salió mal. Actualmente, millones de personas duermen (gracias a alguna droga, fármacos incluidos) mal, se levantan totalmente inertes, encienden su computadora, se mantienen sentados frente a ella por espacios de entre 10 y 14 horas (sí, hasta el 60% de sus días), luego comen algo -con prisa- para no perder esos minutos frente al televisor u otra pantalla. Dichos minutos terminan, irónicamente, intentando ser una suerte de desconexión… sólo que ahora conectados a alguna plataforma de streaming. Al final del día (de casi todos sus días), la pastilla de siempre y a reproducir una rutina que irá minando la calidad de ese “aparato” llamado “colaborador” (eufemismo sustituto del otrora “empleado”). Del descuido (no voluntario) del resto de sus áreas (familia, salud, mente, espíritu), el resultado no puede ser otro más que un presente que nunca se termina pareciendo al futuro que una vez se soñó. Luego de unos 40 años de “vivir” así, vendrá el momento de pensionarse (no de jubilarse, ya que con semejante panorama sería cínico hablar de júbilo), como antesala a una muerte que quizás empezó a darse décadas atrás.

El fenómeno del “burnout” es suficientemente preocupante como para que la Organización Mundial de la Salud lo considere una enfermedad (mental y física). No es necesario ensayar una definición muy exótica. Todos ustedes conocen a alguien atravesando por esto (con la esperanza de que no sean ustedes los que vengo describiendo): es esa persona que, agobiada por las múltiples obligaciones impuestas por su lugar de trabajo, empieza a presentar un verdadero -y fácilmente notorio- proceso de debilitamiento cognitivo, emocional y físico. Del cansancio a la desesperanza pasando por el nihilismo propio de todo aquel que se pregunta si todo ese esfuerzo tiene algún sentido. Es tanto el cansancio al que se llega que aparece, tarde o temprano, ese momento donde ya ni siquiera se considera posible una salida a semejante trance. La depresión, la ansiedad, la violencia intrafamiliar, el uso excesivo de drogas (legales y/o ilegales), el insomnio, la inapetencia erótica, la ira, las conductas autodestructivas, los actos compulsivos, etc. terminan siendo señales que mucho tiempo atrás se encendieron. Y no, no creo que sea negligencia el no haberle prestado atención. Es la incapacidad de detenerse, de preguntarse por el balance existencial, de sopesar si el esfuerzo invertido se traducirá en algo valioso. Lo digo con frecuencia: “muchos trabajan y trabajan para poder costearse los muy onerosos tratamientos médicos que pronto tendrán que empezar a pagar para poder resistir semejante ritmo“. No le encuentro sentido alguno…

Allan Fernández, Psicoanalista existencial y asesor filosófico / Podés seguirme a través de Instagram y Facebook o suscribirte a mi boletín semanal.

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