Proyecto para una psicología de la tranquilidad (1ra. entrega)

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He estado escuchando con mayor frecuencia a Alan Watts. Su compañía me resulta invaluable. Ese modo desfachatado que tenía para hablar de los temas más profundos, más trascendentes, yo, al menos, no lo he encontrado en nadie más. Es casi como si su legado haya sido el enseñarnos que todo aquello que consideramos muy importante, en realidad quizás no lo es tanto. Así que si lo que andás buscando es aprender a no tomarte muy en serio, Watts es mi primera recomendación.

Watts, un anti-gurú al que vale la pena “creerle”

Justo en una de sus charlas él confesaba cuál era el tema filosófico que más le atraía, a saber, lo relativo al “ego”, entendiendo ego como esa sensación que todos andamos cargando y que, de paso, es la fuente de un buen número de nuestros malestares. Según Watts (puede que yo no lo haya entendido bien), el fracaso de toda propuesta que ofrezca nuestro mejoramiento (sea personal, espiritual y/o psíquico) está condenada al fracaso, ya que no se puede mejorar lo que no existe. El “ego”, quizás lo sepan ustedes, es considerado por algunas filosofías orientales como algo ilusorio, algo que no se encuentra en ninguna parte y por ende, no merece demasiada atención (Carl Jung no estaría necesariamente de acuerdo con esto, tema que quizás podamos ventilar en otra oportunidad). “There´s nothing to improve” (no hay nada que mejorar), asegura con mucha frecuencia, a lo largo de sus conferencias.

Asistimos, actualmente, a esta especie de gran bazar en el que pareciera que el que no está bien es porque no quiere. Entre miles de textos de autoayuda, motivadores compartiéndonos sus testimonios, espiritualidades de fin de semana y psicologías positivas, bien podríamos asegurar que contamos con algo para todos los gustos. “Iluminados y felices”, pareciera ser la oferta para todos aquellos que no terminan de sentirse totalmente complacidos con sus existencias.

De la iluminación no tengo nada que decir… y de la felicidad tampoco (en realidad si había dicho algo sobre la felicidad: perseguirla genera ansiedad). Pero faltaría a la verdad si aseguro que no intento -en algunas temporadas de mi vida con más concentración que en otras- estar mejor, sentirme mejor, pensar mejor… ser mejor, a lo cual Alan Watts probablemente me reprendería, ya que si sigo intentando mejorar es porque no entendí nada de lo que las filosofías orientales proponen (particularmente el taoísmo).

Quizás sea este un buen momento para aclarar que no estoy promoviendo ni un conformismo, ni una pasividad, ni menos aún un estado de resignación (tal como me parece que se entiende en el universo del cristianismo). Sería francamente ridículo que yo me dedicase a lo que me dedico partiendo de la premisa de que no hay nada que se pueda hacer. Es sólo que cometemos un error cuando confundimos el proceso con el resultado. Procedo a explicarme.

¿Cuántas veces nos hemos planteado metas que finalizaban con la expresión “con la esperanza de conseguir…”?. Nos auto-prometemos… y nos auto-defraudamos. Y, ¿quieren saber por qué yo creo que nos tratamos así de mal? Porque olvidamos que prometer es intentar ver el futuro y eso, al menos yo, no lo he logrado conseguir ni por asomo. Clarividencia es el arte de “ir” al futuro y “devolvernos” al presente a contar lo que “ahí” (si es que el futuro ya existe) nos encontramos. De hecho, me temo que muchos de los libros -y “workshops”- que no cumplieron con su promesa de bienestar (el famoso “wellness”) y felicidad a raudales iniciaba con un “al finalizar esto usted logrará…”, seguido de una letanía de mejorías que no se consiguieron.

El año pasado me tropecé con un concepto que realmente modificó mi cosmovisión (la personal y por ende la profesional). “Adaptación hedonista” (Campbell & Brickman, 1971) sería la propensión humana a regresar a un estado emocional base, más allá de los acontecimientos vividos. El concepto es controversial y, quizás por eso, atractivo, ya que deja entrever que sentirse bien -y/o experimentar placer por la vida y sus situaciones- podría ser más un asunto inherente -en algunas personas- que una meta. En pocas palabras: hay gente feliz y otras no tanto, sin importar lo que les suceda. Algunas personas no necesitan ganar la lotería para sentirse bien y otras, aún ganando dicho premio, no se sentirán mucho mejor que como se sentían antes de ganar.

¿Y todo esto qué?, podrán preguntarse. Pues bien, aprender a estar tranquilos y, por ende, menos atentos a lo que deseamos y según nosotros nos aportaría mayor felicidad, es un arte que considero fundamental. APRENDER, leyeron bien. Es algo que a muy pocos nos enseñaron y, de paso, es justo lo opuesto a lo que el sistema requiere de nosotros, a saber: DESEAR, DESEAR y, si queda un poco de energía, DESEAR. Estar tranquilos, intentarlo al menos, me parece una clave de vida que merece nuestra atención. Aprender a estar. Es un aprendizaje continuo y uno que que intuyo nunca finalizará, de ahí lo frustrante que podría resultar para algunos, ya que no hay meta, no hay graduación, ni diploma ni medalla, no hay lección final. Intentar estar ya.

Este es un tema complejo y con muchas ramificaciones, producto de mis veinte años como investigador y terapeuta y mis casi 50 de vida, así que tendré que ir, poco a poco, permitiendo que dichas ramas vayan surgiendo y tomando su propia dirección. Vamos con calma… con tranquilidad.

Allan Fernández, Psicoanalista y Asesor Filosófico / Si queres sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram o suscribirte a mi boletín.

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