En favor de la pereza (proyecto para una psicología de la tranquilidad, toma 3)

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No fue fácil decidirme a escribir esto. Quizás tiene que ver con el tema mismo, quizás con mi estado emocional. Quizás con el hecho de que un buen número de las cosas que componen mi vida me gustan mucho, lo cual algunas veces me hace realmente difícil privilegiar lo que debería estar haciendo respecto de lo que querría hacer.

Según las clases de catecismo que recibí hace mas o menos cuatro décadas, todos (al menos todos los que estábamos ahí los sábados por la tarde) estábamos comprometidos con un plan divino. Dicho plan requería de una serie de pautas las cuales, a modo de brújula, nos permitirían alcanzar la tan deseada (deseada por la que nos daba el curso al menos, ya que a esa edad nadie desea algo así) salvación. Sí. Así como lo oyen. De algún modo todos andamos perdidos, extraviados, presos. Entonces, si nos concentramos y hacemos, pensamos y sentimos lo que debemos hacer, pensar y sentir, podríamos superar ese estado de esclavitud, de cautiverio y finalmente, gracias a las enseñanzas recibidas, obtener la emancipación. Lograremos ser libres. Libres. LIBRES!!!

Pero la cosa no es tan fácil. Da la impresión de que el homo sapiens (al que enviaron a catecismo y al que logró evadirlo) es también gobernado por ciertos impulsos, los cuales, no tengo idea por qué, no anhelan la salvación antes mencionada. Al contrario. Estas fuerzas nos aprisionan, nos atan, nos frenan, nos extravían. Nos alejan de la Luz. El mito cristiano les llama pecados. Dentro del infinito universo de estos, existen unos particularmente nefastos. Los peores, sin duda. Los que nadie debería cometer. Los vilipendiados pecados capitales, a saber: ira, gula, soberbia, lujuria, avaricia, envidia y la que me trajo hoy acá. La famosa pereza.

En un mundo social como el actual, en el que la velocidad, la producción, lo atropellado y lo ansiógeno se volvieron la norma (lo normal) y en el que el “burn-out” ya lo padecen hasta los niños pequeños (los que ni siquiera han ingresado a catecismo), debemos buscar una fórmula para contrarrestar tanta locura. Yo encontré una hace mucho, mucho tiempo (no tanto como cuando me enviaban al catecismo). Mucho antes de estudiar filosofía. Mucho antes de estudiar psicoanálisis. Mucho antes de ser papá. ¿Listos y listas? Es muy sencillo. DEBEMOS (sí, es un deber) ocupar tiempo haciendo nada productivo. Viajar hacia el universo del ocio. Permitir que la diosa de la pereza nos visite, nos acompañe y nos ayude a no perder tanto el tiempo produciendo (produciendo malestares, como ya lo planteé en otra publicación) y consumiendo… quemándonos y consumiéndonos.

En algún otro momento les conté que en la Antigua Grecia las constantes referencias a dioses y diosas no eran una descripción de la realidad, ni tampoco el producto de una sobreestimulada imaginación. No, claro que no. Eran una civilización muy avanzada. Los dioses eran representaciones de fuerzas y éstas, en una gran mayoría, habitaban dentro de los seres humanos. El Olimpo -me parece una alegoría fácil de descubrir-, al estar situado en la montaña más alta, hace clara alusión a la parte más alta del ser humano, a saber, la cabeza. Y es que al día de hoy todavía seguimos pensando que es en la cabeza donde todas las decisiones y todos los conflictos suceden (lo cual no es necesariamente cierto, pero quedará para otro momento). En la mitología griega entonces encontraremos tantas deidades como reacciones e impulsos humanos: el amor, el odio, la guerra, los excesos, el arte, la música, la agricultura, la comunicación y claro, la pereza.

La bella Ergía, diosa de la pereza.

El rostro somnoliento de Ergía, su poca movilidad, su deseo de detenerse, su poca apetencia por el trabajo, era contrarrestada por otra energía, llamada Horme, dios del empeño y el esfuerzo. Recuérdenlo: no son dioses, sino instancias internas de la psique humana. En todos nosotros se encuentra Horme… y también Ergía. Todo en la naturaleza se presenta en polaridades. Solo una de las 2 fuerzas produciría un desbalance: Ergía tiene a Horme y la pereza al empeño. El que sólo se empeña y se empeña, desde esta visión (favor poner atención), está desequilibrado. Se fue hacia uno de los polos. Le falta balance. Le falta pereza y esta, casi siempre, la encontramos en el mismo lugar: el ocio.

Siento ya las miradas represivas y las voces vituperantes, listas para reprenderme (como en mis tiempos de catecismo). ¿Está este tipo fomentando la vagancia? Bueno, no. En realidad, vagancia y pereza no es lo mismo. Vagancia viene de vagar, de andar sin rumbo. La pereza no es eso. La pereza es ese impulso que nos ayuda a no producir. Mi hipótesis es relativamente sencilla: producir y competir, siendo las únicas actividades que el sistema promueve, convierten a los seres humanos en máquinas neuróticas, desbalanceadas. La fórmula social es obscenamente peligrosa: sentir que sos parte de una competencia en la cual, si no ganás (entendiendo ganar por amasar éxito y/o reconocimiento social), no habrás justificado tu existencia. Sos, en la medida en que producís y consumís. “Produzco y consumo, por ende, existo”.

Hoy en día nadie sabe qué es el ocio. Lo confunden con maratonear series sin mayor valor, con pasar horas de horas en un gimnasio, con las ingentes noches en que, cual hipnotizados, no pueden separar su mirada de las pantallas que los rodean. Y no. No estoy diciendo que sea malo ver series, hacer ejercicio o seguir “feeds” en redes sociales. Es sólo que el ocio no es eso. El ocio requiere de un elemento fundamental, el cual encontramos hasta en las prácticas religiosas (catolicismo incluido): contemplación. Una práctica contemplativa es aquella en la que nuestra atención se posa sobre un objeto (sobre una idea, sobre un sonido, sobre un aroma), produciéndonos una sensación placentera que no persigue un más allá. Es el placer de la calma por el placer de la calma. Es la diosa Ergía acostándose en medio bosque, sólo por el deseo de descansar. Es la tranquilidad reservada únicamente para las mentes no colonizadas por el ruido y la sensación de competitividad propias de nuestra sociedad.

Si pecar es fallar (eso significa la palabra originalmente, cuando aún no tenía una connotación dogmática), fallan todos los que creen que son parte de una mórbida competencia en la cual, los únicos que ganan, son los que organizan el torneo. Y no. No estoy haciendo alusión a las tan gustadas teorías conspiratorias. Me refiero a esta loca ruedita de hámster en la que ya ni siquiera recordamos por qué nos subimos en primer lugar. Corremos y corremos sin avanzar un solo metro, en sentido evolutivo. Nos volvemos dinamos, piñones, tuercas, partes de una maquinaria a la que le interesa cualquier cosa menos nuestro bienestar.

Carl Jung, en alguno de sus artículos hacía referencia al “hombre competente”. En otro momento hablará del “hombre profesional”. Ese que redujo toda su multifactorial existencia al trabajo que realiza. Esa reducción, ese pensarse únicamente como un trabajador, está produciendo esto que el filósofo coreano Byung-Chul Han llama la sociedad del cansancio (libro que por supuesto recomiendo, si es que les queda tiempo).

Sin duda, uno de mis pensadores contemporáneos favoritos.

En esta sociedad del cansancio, sólo sos si producís más que los demás. Era de esperarse la ola de ansiedad, depresión, drogadicciones, ideaciones suicidas, insomnios y estados melancólicos tan fáciles de encontrar en la actualidad. Una frase del Dr. Han resume, según mi opinión, la triste realidad de millones de personas: “Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose“. En efecto. El “burn-out” como señal de éxito social (también escribí ya un poco al respecto).

Veo con poco optimismo el futuro de las sociedades. Observo a los jóvenes (y hasta a los niños) tremendamente preocupados por cuál será su lugar en el mundo (como si alguien pudiera saberlo de antemano). Son los padres, aliándose con los paranoiqueantes discursos de la educación (y el sistema, claro está), los que empiezan a instaurar miedos y fuentes de estrés innecesarias. Vean a los jóvenes adultos en la actualidad: me recuerdan a aquellos niñitos a los que los llevaban a cuanta actividad extracurricular aparecía. De algún modo se acostumbraron a no frenar. No saben qué hacer con el tiempo libre. Lo llenan de lo que sea, con tal de no contemplar, de regalarse un momento de ocio. Quizás les da pereza ser… por eso no paran de hacer.

No creo en los pecados. No creo que la vida sea una competencia. No creo que producir diga nada particularmente admirable de nadie. Admiro mucho más a la gente que se siente bien, a la que está disfrutando de lo que le sucede, a la que puede sentarse un buen rato a hacer nada, a la que no necesita estar ocupándose en cada segundo del día. No somos muchos, claro. Es que es un acto muy subversivo. El sistema no quiere gente que disfrute del ocio. El sistema no quiere gente que disfrute. Quiere gente que produzca y que confunda obtener, adquirir y consumir con ser. Fomentan una confusión psicológicamente muy peligrosa: disfrute por placer inmediato.

Mi vida personal, mi vida como padre y mi vida como terapeuta intentan transmitir a los otros los beneficios del ocio, y por ende del balance dinámico. He llegado a mis 50 años a un paso tranquilo. He aprendido a que nada sea vivido con urgencia. Sé con certeza que no voy compitiendo y no tengo ninguna duda de que la meta de llegada de todos, los que ganaron y los que perdieron, será la misma. A lo que no le encuentro sentido es a adelantar tan poco atractivo desenlace.

Deseo que todos ustedes puedan hacer más lo que desean que lo que deben. Deseo también que revisen si eso que deben hacer vale la pena hacerlo. Deseo, por último, que nada de esto sea tomado como un catecismo. Es sólo una fórmula personal…

Allan Fernández, Psicoanalista y Asesor Filosófico / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram, y/o visitar mi blog personal.

Nota: en este enlace podrán bajar “La Sociedad del Cansancio” del Dr. Han: enlace a libro, en formato .pdf

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