Existir es improvisar (4to. movimiento del proyecto para una psicología de la tranquilidad)

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Estoy seguro que a ustedes les sucederá algo similar. A los profesionales en arquitectura, un espacio mal diseñado debe saltarles a la cara (mi esposa estudió diseño). Si son ortodoncistas, habrán desarrollado esa peculiar habilidad de notar una milimétrica desviación en los incisivos de la persona con la que están conversando (uno de mis grandes amigos es odontólogo). Si se dedican al análisis político, con extrema facilidad podrán discriminar metas posibles de utopías delirantes en los discursos de campaña (mi hermana es politóloga). A mí me sucede todo el tiempo. Y no, no cuento con la capacidad de notar diseño, simetrías bucales ni promesas imposibles. Esperen… quizás deba confesar algo antes de pasar a mi campo profesional.

Si hago un recuento de aquello que me ha importado más a lo largo de mis -muy próximos- 50 años de existencia terrenal, no necesito 2 segundos para tomar una decisión: es la música. Ha sido la música. Continuará siendo la música. Si alguien diagnosticase mi interés como una obsesión, no tendría derecho a reaccionar. ¿Una dependencia? También podríamos llamarlo de ese modo. ¿Un apego? Sin duda alguna. Mi esposa, cuando aún no era mi esposa, alguna vez lo sintetizó de un modo crudo, realista y preciso: la música es mi principal “issue”.

Que confiese que yo necesito escuchar música todo los días, probablemente no sorprenda a nadie (sorpresivo es, para mí, toparme con alguien que no escuche música todos los días). Que yo siempre necesite dosis mayores (en calidad y en cantidad) es también una verdad imposible de negar. Un día sin música es algo a lo que le faltó algo… algo realmente importante. Nunca pude conectar con la disciplina necesaria para tomar un instrumento e intentar dominarlo. Hasta hace muy poco tiempo eso me generaba mucho malestar. Hoy creo que ya casi llegué al nivel de aceptación (la vida es eso, ir atravesando duelos y aceptando nuestros límites. Gracias Freud).

En la secundaria lo único que me interesaba era la música, particularmente el rock pesado, el cual me ha acompañado por más de 3 décadas. Mi mamá, alguna vez me interpeló del siguiente modo, al observar el poco interés que mostraba por las asignaturas del colegio, contrastado por el creciente interés en amasar una colección de acetatos y cassettes: “parecés que estás estudiando para musicólogo“. Yo suelo decir que aunque no pude cumplirle su deseo (en realidad ella estaba ironizando), logré al menos un porcentaje: terminé psicólogo (el “mu” se me escapó).

Ustedes tienen todo el derecho a preguntarse a qué voy con todo esto. Pues bien. Yo aprendí, del modo más empírico posible, a analizar música. Carezco de conocimientos técnicos, así que voy por la vida separando lo que escucho en dos grandes grupos: lo que me interesa y lo que no. No son grupos estáticos. Más de cien veces una banda o intérprete se ha mudado de los “no interesantes” a los “interesantes”, para luego ser desterrado a su hábitat inicial. No me considero un políglota musical (admiro mucho a los que lo son): no toda expresión musical me cautiva, quizás por falta de entrenamiento formal. En mi defensa diré que, a mi edad, tengo todo el derecho a que me guste lo que me gusta y a que no me interese lo que no. Para caerle bien a los otros gasta uno la primera mitad de la vida… y siempre resulta un proyecto fallido. Cuando envejecés aprendés el valor de caer-te bien. Dejás de ser tu propio “bully” (es una cuestión arquetípica, dirá Jung, otro día les cuento por qué).

El nivel de atención que yo le he puesto y le pongo a lo que escucho musicalmente no se compara con nada en lo que yo haya participado. Cronológicamente (léase bien, estoy hablando de tiempo), la música es anterior a mi matrimonio, a la filosofía, al psicoanálisis, a la paternidad, a la clínica. No tengo reparo en aceptar que la música viene siendo mi maestra o, si les parece demasiado exagerado, una especie de hermana mayor, muy sabia. Es tan sabia que no me dice nada. Me deja a mí encontrar lo que requiero en cada momento.

Todo este sinuoso devaneo para compartirles algo que suelo ventilar en mi consulta: los años me han enseñado a vivir la vida como un músico interpreta jazz. Hoy le doy un inmenso valor a la improvisación. Y no se crea que desestimo la importancia de la formación y el intento de organización. Indudablemente no habría llegado a este momento de mi vida si sólo fuese presionando botones por allí. Es que en el momento en que sintonizás con los acordes que la existencia te va presentando, tenés la posibilidad de “subirte” en ellos y simplemente ver hacia donde te conducen. Algunas veces el resultado es armónico y, por qué no -y aunque se vea mal que uno mismo lo diga- hasta podríamos pensar que se rozó lo sublime. En otras ocasiones el nivel de “ruido” resultó insoportable. Algunas veces para mí. Casi siempre para los que me rodean.

No soy musicólogo (me habría encantado). No sé cómo ayudarle a alguien, gracias a la música, sus sonidos y matices, a sentirse mejor. Pero como psicólogo les puedo asegurar que si ustedes ya cuentan en su vida con algo tan importante como la música es para mí, no tengo ninguna duda de que motivación nunca les faltará. Sé que #nosoymotivador, pero cuento con muchas fuentes de motivación. La música es una de ellas. No la única. Ni siquiera la más importante. Pero sin duda una infaltable.

Sé que el arquitecto, la ortodoncista, la politóloga y el músico, al igual que yo, podemos apreciar tanto lo bien ejecutado, como la falla, lo que aún merece mayor cantidad de trabajo o empeño. Yo hoy sé que el que está intentando vivir su vida de modo orquestal, debe sufrir toda una serie de tropiezos emocionales, ya que lograr que todo (y por ende, todos) se presente de modo sinfónico es materialmente imposible. Sería mejor que se suelten un poco, que improvisen, que no anden por ahí con tanta formalidad y, sobre todo, que no intenten sonar como los otros. Cada quien vibra con una nota particular, como bien enseñan las tradiciones antiguas (resulta obvio que respeto y admiro el universo de la música clásica. Estoy simplemente valiéndome de un recurso metafórico).

No me dedico a dar consejos, pero esto casi va a sonar como uno. Rodéense de “buenos” músicos. No de virtuosos. Sino de apasionados. Eso vuelve el viaje mucho pero mucho más interesante. Ser solista tiene su belleza -y algunas veces no queda mas que aceptarlo-. Pero ser parte de una “banda” enseña cosas que la soledad no sabe.

Pd: cada imagen representa las canciones que escuché (de modo aleatorio, como acostumbro) mientras escribí esto. Espero que reconozcan a la mayoría.

Pd2 (encore): ¿y la imagen con los clips? Ni idea. Estoy improvisando.

Allan Fernández, Psicoanalista y Asesor Filosófico / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram, y/o visitar mi blog personal.

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