Dejar de ser paciente

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Bueno, sí. Claro. Es ambiguo el título. No se entiende si hago referencia a la paciencia en tanto actitud o a la condición de visitante de algún espacio de salud (sea este médico o psicológico). En realidad, no me refiero a ninguna de dichas posibilidades.

Que la paciencia sea la madre de las virtudes, eso está por verse. Muchas veces llamamos paciencia a la incapacidad de tomar decisiones, máxime cuando estas afectarán el curso de nuestras vidas. Todos conocemos a esa persona que, gracias a su infinita “paciencia” (la cual raya en beatitud), ha permitido toda clase de irrespeto por parte de algún otro (sea éste su pareja, algún compañero de trabajo o hasta un familiar). Allí, esa postura cuasi mártir poco tiene que ver con algo que -al menos- yo considere virtuoso. Incluso -y sé que esto no va a ser del agrado de algunos-, esta malentendida paciencia se termina convirtiendo en una especie de complicidad. Nos volvemos corresponsables del malestar experimentado. Dicho en jerga psicoanalítica, nos quedamos “gozando” (entendiendo “goce” como ese dolor emparentado con algún disfrute patológico). Ejemplos, desafortunadamente, sobran. Nosotros mismos -aunque nos pese reconocerlo- hemos sido parte de dicha escena, lo cual dice poco de nuestra salud mental (en realidad dice mucho sobre la falta de).

Fue de Heidegger, particularmente de su complejo -de leer- “Ser y Tiempo”, del que extraigo una idea potencialmente útil. En alguno de sus apartados iniciales, el polémico filósofo opone dos conceptos, no necesariamente antónimos, a saber: agente y paciente. No es su intención presentar una escena clínica. No es a un consultorio al sitio al que Heidegger desea llevarnos (en realidad, en esta magna obra, este pensador está intentando establecer con justicia la categoría de “ser”, empresa titánica con la que la filosofía viene lidiando desde siglos atrás). Sin embargo voy a intentar extraer una reflexión con valor clínico y, mucho más importante aún, existencial.

Que hablar alivie no es algo que yo necesite jurarles. Conozcan ustedes o no la obra de Freud, habrán notado el efecto que genera compartir con alguien aquello que nos preocupa o duele. El término coloquial -tremendamente acertado-, contiene, en sí, eso que se persigue: des-ahogarse. Salir a flote. Los griegos contaban con un término también afín y posteriormente adoptado por el psicoanálisis: catarsis (originalmente, sensación alcanzada al observar -en un espacio teatral- una escena trágica). La cura por el habla (“talking cure” le llamó una de las primeras pacientes de Freud) tiene más de cien años de acompañarnos y sin duda continuará con nosotros, más allá de sus vacíos y detractores (bien asegura Freud en una de sus últimas obras -Esquema del Psicoanálisis- que es difícil explicar el efecto terapéutico del psicoanálisis a alguien que no lo haya experimentado). Hablar, en tanto acción, produce algún grado de alivio (piensen en un velorio y recordarán que nadie consigue dejar de hablar).

Ahora, si todo se resolviese hablando y si sólo necesitásemos a alguien que nos soporte haciendo un inventario de nuestras penurias y/o dudas, mi oficio no existiría. Los católicos sólo necesitarían confesarse (bien pensaba Freud que el psicoanalista es, muchas veces, algo muy parecido a un confesor). El resto, con un bartender con cierta capacidad de escucha tendrían suficiente. La escena se presenta relativamente simple: un emisor, un receptor y una vía de trasiego de información. Uno presenta sus males y otro, en tanto testigo, permite que el primero repase todo lo que sienta necesario compartir. Al cabo de un tiempo, y dependiendo de la calidad de la comunicación, el emisor saldrá aliviado. Ahora, pregúntense ustedes si esto es suficiente.

Es una pregunta retórica, claro está. Si lo que se busca es simplemente descargar (y algunas veces probablemente eso sea suficiente), hablar alcanza. Pero ustedes ya notaron algo relativamente fácil de concluir: la vida requiere tomar decisiones. Requiere elegir (en mi blog me detengo a reflexionar sobre el valor -y angustia- de las elecciones personales: “Vivir es elegir“). Requiere pasar de la acción de hablar a la acción de moverse. Se requiere dejar la posición -relativamente pasiva- de hablar, hacia una verdadera posición de agente, ese que acciona. Hacer. En términos aristotélicos, pasar de la potencia al acto.

No, claro que no es fácil. Vivir no es fácil, si es que se desea alcanzar algún grado -al menos satisfactorio- de conciencia. Pero pueden confiar en mí cuando les aseguro que “las cosas” no se resuelven solas. Pocas leyendas urbanas resultan tan irresponsables y hasta peligrosas.

Fue el psicoanalista francés Jacques Lacan quien denunció ese vacío en la obra freudiana. Sabiendo las virulentas críticas que recibiría al denunciar la miopía clínica de todo aquel que confía -casi podríamos decir ciegamente- en el valor de la palabra, se atrevió a asegurar que el psicoanálisis, en tanto ejercicio con efecto curativo, debe aspirar más a la acción que al repaso interminable de nuestros malestares y sueños frustrados. Dejar de ser el paciente que sólo habla, al agente que se mueve.

Hace unos días recordé algo que leí en un texto de Sartre (“El Ser y la Nada”). Existencialista total, el pensador francés incitaba a fundar un psicoanálisis existencial, uno que se ocupara más de nuestro lugar en el mundo y menos de nuestro esquivo inconsciente. Más sobre los actos conseguidos y un poco menos sobre los actos fallidos. Me confieso más sartreano que freudiano -y/o lacaniano- en este punto particular…

Les agradezco que hayan sido tan pacientes con esto -y con el que lo escribió- y deseo profundamente que puedan llevar a cabo las acciones requeridas con el propósito de vivir mejor.

Allan Fernández, Máster en Psicología Clínica y Psicoanálisis / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram, y/o visitar mi blog personal.

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