Crear las condiciones propicias para sanar(nos)

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Todos somos recipientes quebrados“, escuché uno de estos días en algún programa que mi esposa y yo veíamos. Lo interesante fue la profesión de quién lo confesó. Era un terapeuta. Me pareció valiente y honesto. La frase iba dirigida a uno de sus consultantes, quien no lograba aceptar que no existe algo así como un ser humano totalmente sano. Todos andamos reparando-nos. Todos cargamos daños. Somos el producto de nuestra historia y ella, irremediablemente, nos ha marcado. “Las cicatrices de lo vivido“, como suelo decir.

Sobre la salud, en sentido integral, ya había escrito “Integrar, transformar, sanar”. Allí encontrarán una somera diferenciación de las diferentes partes que forman el espectro total al que solemos llamar Salud (con mayúscula). Es un sistema, por ende posee una dinámica propia, lo cual quiere decir que no debe verse como una meta, sino como un hacer. Ser saludable -intentarlo, al menos- es una acción. Podríamos aceptar que se nutre inicialmente de una intención, pero, inevitablemente, debe convertirse en actos concretos. “Querer no es poder”, al menos en este ámbito. Hay que querer y luego hacer.

De pensar la búsqueda de la salud como un esfuerzo interdisciplinario, es algo que vengo escuchando desde que me encontraba en la facultad. La propuesta es difícil de rechazar. Es casi producto del sentido común: los diferentes saberes -profesiones- deben trabajar en conjunto, deben conocer sus límites y sus objetivos, y, gracias a esto, presentarse como partes de un rompecabezas. A mayor cantidad de “piezas”, mayor claridad en la imagen obtenida. En este caso, dicha imagen corresponde a la salud de las personas.

Existe -es sólo mi opinión- una diferencia entre curarse y sanar. Aún y cuando etimológicamente son prácticamente sinónimos, gusto de colocarlas en dos niveles diferentes, únicamente con propósitos pedagógicos. “Curarse” apela a superar un estado mórbido, sea una enfermedad, una condición, una lesión o una vivencia dañina. Encontrar la cura de “x” padecimiento implica contar con las estrategias requeridas para volver a un estado previo al momento de irrupción del quebranto en cuestión. Sabemos que nos hemos curado de algo cuando ese algo deja de minar nuestra calidad de vida.

“Sanar” -al menos para este que escribe- es un concepto mucho más profundo y por ende más complejo. Implica, en primer lugar, tomar conciencia del estado actual. Acto seguido se debe plantear un proceso en el que aquel que desea poseer -más- salud debe pensarse como protagonista, como ser activo. “Nadie sana a nadie”, pero podemos ser acompañados a buscar dicho estado de mejoría. Sanar es un camino, un recorrido, un movimiento que nace en un punto y busca llegar a otro. Es, además, un proceso que probablemente no tenga meta de llegada. Desafortunadamente -no me vuelvan a ver, yo no inventé la vida- siempre aparecerán factores que nos resten salud. Parece ser parte del hecho de estar vivos.

Ante la pregunta de si su método -el psicoanálisis- era un proceso terapéutico que se acaba en algún momento -dar de alta-, el doctor Freud, en un pequeño artículo escrito en 1937, contestó que, si por “finalizar” entendemos ese día en que nos conozcamos totalmente, la respuesta es un contundente “NO”. Los procesos terapéuticos sí deben llegar a un fin, una vez conseguidos los objetivos trazados.

Todos los días escuchamos historias muy conmovedoras de personas que lograron superar sus quebrantos de un modo u otro. Están los que superaron su ansiedad gracias al yoga, los que lograron dormir mejor luego de eliminar la cafeína de sus vidas, los que mejoraron su humor caminando todas las mañanas, los que lograron volver a trabajar gracias a los psicofármacos, los que se liberaron del enojo gracias a la meditación, los que aumentaron su libido gracias a la medicina natural, los que superaron una adicción gracias al “coaching”, los que lograron perdonar a algunas personas gracias a la psicoterapia, los que recobraron su autoconfianza gracias al ejercicio físico, los que se sienten mucho más tranquilos desde que tomaron una vida religiosa o incorporaron una práctica espiritual, etc. No adoptaré la postura soberbia de aquel que cree poder discriminar qué de esto es cierto y qué no es más que el producto del “wishful thinking”. Me dolería mucho pensar que existen personas que comparten sus “historias de éxito” como modo de motivar a otros, siendo éstas historias no más que fábulas. Ya no estoy en edad para conspiraciones. Prefiero pensar que la motivación de tantas publicaciones que vemos día a día provienen de un buen lugar.

Sin embargo, y en mi experiencia como clínico, deseo compartir algo que les recuerdo a mis consultantes todos los días: si usted antes se sentía muy mal y ahora, luego de sumar a su vida oraciones, ayunos, yoga, menos gluten, más pasos diarios, menos horas en Netflix, un tratamiento psicofarmacológico, eliminar las notificaciones de las redes sociales en el celular, algunas sesiones de P.N.L., 4 días en el box de CrossFit, 2 tardes de café con amigos, no volver a leer noticias, dejar de hacer horas extras, ahorrar más, no contestarle emails al jefe los fin de semana, asistir a menos reuniones con la familia política, levantarse más tarde, acostarse más temprano, leer un libro de autoayuda por mes o no volver a leer un libro de autoayuda nunca más, ha conseguido sentirse mejor, le invito a no prescindir de ninguno de dichos elementos, ya que probablemente el grado de salud que usted posee en estos momentos nace de la sumatoria de todos los anteriores.

Sentirse bien es un arte

Debemos crear las condiciones para la salud. Debemos asumir nuestro rol activo en dicho proyecto existencial. Tenemos que de una vez por todas entender que la persona que dice extraer toda su motivación y felicidad de practicar algún deporte no significa que todos los que lo practiquen se encuentran tan motivados como el primero. Es probable que alguien haya logrado restablecer la calidad de su sueño gracias al té de tilo, pero eso no quiere decir que una persona con un desbalance emocional logrará salir de dicho estado tomando té. Algunas personas encontraron en el psicofármaco un aliciente para continuar con sus vidas cotidianas. Otros se sumieron en una adicción interminable. Están los que andan más tranquilos por la vida gracias a su terapia. Pero también hay gente que va a terapia con el propósito -inconsciente, las más de las veces- de postergar decisiones que deben ser tomadas.

Intento de moraleja: si usted se siente bien hoy, siga haciendo lo que viene haciendo. TODO lo que viene haciendo. Si no logra sentirse bien y viene haciendo muchas cosas, quizás haya que hacer otras cosas diferentes. Y si se está sintiendo mal y no está haciendo nada, no espere sentirse bien. Sentirse bien es, recuérdenlo, siempre un HACER. Hacer para poder ser. No parece haber otro camino.

Sea este un pequeño tributo a todos los que están intentando sentirse mejor y a los que nos dedicamos a acompañar a otros en ese interminable recorrido.

Allan Fernández, Máster en Psicología Clínica y Psicoanálisis / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram, y/o visitar mi blog personal. Ah, también podés suscribirte a mi boletín, en el que recibirás mis noticias con antelación.

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