El imposible arte de no morir en soledad

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El universo en el que habitan los libros sobre cómo conseguir y mantener una relación sentimental es sin duda uno en expansión. Fórmulas pululan por doquier. No faltarán los que incluso propongan estrategias gracias a las cuales conseguir -materializar- esa tan deseada experiencia humana, a saber, ir de a dos por este “valle de lágrimas”, como oscuramente lo llaman algunos.

Curiosamente, de un tiempo para acá, otro sub-universo surgió, el cual también marcha en franco crecimiento: el de las técnicas para “superar” ex-parejas, las cuales aún habitan -cual fantasmas y/o demonios- en las psiques de algunas pobres personas que no volvieron a encontrar la paz que solían tener, antes de embarcarse en aquel funesto proyecto de pareja.

Convocados -a brindar sus opiniones- al respecto encontramos casi cualquier profesión u oficio: colegas psicólogos, sacerdotes, científicos, charlistas, pastores evangélicos, entrenadores personales, filósofos, sexólogos, terapeutas holísticos, homeópatas, poetas, educadores, instructores de yoga, personajes de la farándula y hasta financistas. Que toda esta gama de saberes no consiga que tantas miles de personas se sientan desgraciadas en el departamento de relaciones y afines solo puede indicarnos algo: no sabemos cómo empezar, cómo sostener las relaciones y cómo terminarlas -si es lo que corresponde-.

Yo tampoco sé. Mi interés en la fragilidad de las relaciones sentimentales inició como uno eminentemente intelectual. Una investigación me permitió conseguir un posgrado y este a su vez cientos de relatos en la clínica, en la que, si debo emitir una especie de diagnóstico, diría que hoy, más que relaciones, lo que se observan son desencuentros.

Desencuentros, sí. Encuentros fallidos. Y no es que no lleven los oferentes buenas intenciones. Para nada. Son personas de bien, relativamente normales -en términos sociales-, inmensamente deseosas de conseguir, finalmente, ser parte de una relación exitosa. Pero ustedes y yo sabemos que las intenciones son necesarias, pero no suficientes. Intencionar no alcanza. Desear no alcanza. Pedirle al universo un compañero de viaje es poco eficiente. Al universo -es sólo mi opinión- nuestra relación con la soledad le resulta irrelevante.

Es poco probable que cerrar los ojos nos ayude a VER quienes se encuentran a nuestro alrededor.

Fue el colega psicoanalista Carl Jung el que denunció, hace más o menos medio siglo, la proliferación del “puer aeternus“, el niño eterno. Pero, déjenme compartir algo que algunas personas no saben: Jung no estaba hablando únicamente de niños -machos-. De hecho, no estaba hablando de niños. Estaba hablando de adultos y adultas que aún continúan, pasada ya su adolescencia, comportándose y viviendo como niños… y niñas.

¿Qué esperaría uno de una relación entre adolescentes? Intensidad, inocencia, falta de experiencia, falta de autoconocimiento, expectativas ridículamente irreales, volatilidad emocional, desconexión con la realidad circundante, picos hormonales, incapacidad de poner límites y, sobre todo, una confusión -inherente a ese momento de la historia de todo Homo Sapiens- entre la realidad y la fantasía. Que no muchas personas recuerden con cariño su primera relación quizás -es sólo una hipótesis- tiene que ver con que su primera relación, en realidad fue una especie de simulacro, un primer ensayo -y error-, un primer desencuentro (otro día comentaré sobre esas relaciones de personas que se casaron con la primera relación que tuvieron en su historia… tengo mucho que decir al respecto).

Y no, no estoy afirmando que las relaciones -entonces- deban ser no más que un acompañamiento aburrido, acartonado, insulso y tedioso (aún y cuando todas las relaciones pasan por momentos aburridos: las de pareja, las familiares, las amistosas, así que sería una verdadera ingratitud esperar que las de pareja salgan exentas de tan humana emoción). Es sólo que una pareja es el resultado de dos personas que, irremediablemente, cambian constantemente -no es culpa de nadie, es una propiedad de nuestro cerebro, llamada neuroplasticidad-, así que lo que hoy deseamos y perseguimos podría perder todo valor en un par de horas. Sí. Es poco romántico, pero es así. Estoy seguro que todos ustedes tendrán para compartir “golpes de timón” sobre aquello que un día les robaba el sueño -por no poseerlo- y luego no les permitía dormir -ante la imposibilidad de moverse hacia una nueva experiencia-. Por eso prometer a futuro me resulta tan inhumano: nadie puede prometer lo que sentirá mañana. Pero que sea mejor mi querido Friedrich Nietzsche quien lo plantee:

Podemos prometer acciones, pero no sentimientos, pues estos son involuntarios. Quien promete a alguien amarle siempre u odiarle siempre o serle siempre fiel, promete algo que no está en su mano; lo que se puede prometer es acciones que, en verdad, son originariamente las consecuencias del amor, del odio, de la fidelidad, pero que también pueden provenir de otros motivos, pues a una sola acción conducen caminos y motivos diversos. La promesa de amar siempre a alguien significa, pues: en tanto que te ame, te demostraré las acciones del amor…” (Humano, Demasiado Humano, aforismo 58).

El panorama no es sencillo. No. No lo es. No lo era ayer (las relaciones del pasado, al menos las que yo conozco, no me parecen muy deseables). Muy probablemente tampoco lo será mañana. Bien dijo un querido amigo: sostener una relación es todo un trabajo. No puedo estar más de acuerdo. Se requiere esfuerzo, conocimiento, paciencia, tolerancia, capacidad de comunicarse, capacidad de guardar silencio, un grado necesario de seguridad en sí mismos, sinceridad -propia y hacia el otro- y muchos otros elementos más intangibles, que, curiosamente, van surgiendo conforme la relación va madurando. Sí. Como lo leyó. La relación también cambia -no sólo sus miembros-. Algunas cambian para mejor. Otras… no.

La soledad es un fantasma que a todos -consciente o inconscientemente- nos habita. La sola imagen de terminar nuestros últimos días sin nadie a nuestro alrededor se presenta como totalmente indeseable. Lo que no parece una idea inteligente es pensar que hoy vamos a resolver lo que el futuro traerá. Es que la soledad no es una enfermedad, no es un mal a tratar. No hay cura contra. La soledad es un sentimiento humano y, como tal, estará presente en diferentes momentos de nuestra vida -en la adolescencia también llegamos a experimentarla, aunque no lo recuerden-.

Más allá de Jung, más allá de Nietzsche, más allá de la clínica, quisiera concluir, por el momento, recordándoles que resulta relativamente sencillo observar los rasgos de infantilismo en los otros, pero en nosotros mismos, no tanto. Son los otros los que terminan denunciando eso que hacemos y no -nos- vemos. Sé también que todos andamos esperando escuchar promesas que siempre quisimos recibir, pero dichos actos de enunciación cuentan con muy poco valor si no se acompañan de acciones claras y concisas.

Las relaciones en la época adolescente están pensadas para terminar, para ser la primera y no la última, ya que en ese momento existencial poco sabemos de nosotros mismos y de lo que deberíamos perseguir. Si continuamos comportándonos como niños y niñas eternos, el resultado será siempre el mismo. ¿La soledad?, se preguntará algún querido lector. No. Algo mucho peor. La pérdida de tiempo, esfuerzo y recursos por un miedo a la soledad.

Si moriremos solos o no, eso no lo sabemos. Sabemos que moriremos, eso es indudable. Ojalá no lleguemos a ese día sintiendo que fue la soledad el “coach” de vida al que no debimos haberle puesto tanta atención.

Allan Fernández, Máster en Psicología Clínica y Psicoanálisis / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram, y/o visitar mi blog personal. Ah, también podés suscribirte a mi boletín, en el que recibirás mis noticias con antelación.

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